— ¡Oh, comprendo! Pero yo no me he referido a las personas, sino que he lamentado solamente que no existen enigmas indescifrables... En las novelas antiguas aparecían siempre ruinas misteriosas, profundidades ignotas, alturas inaccesibles, y antes aún, arboledas, fuentes, trochas y casas encantadas, malditas, dotadas de fuerzas mágicas.

— ¡Sí, Kari! ¡Qué bien hubiera estado encontrar aquí, en la astronave, lugarcitos recoletos, pasos vedados!

— Que condujesen a recintos desconocidos donde se ocultara...

— ¿Qué?

— No sé — confesó el mecánico tras de una pausa y se detuvo.

Pero Taina, que se había dejado entusiasmar, frunció el ceño y le tiró de la manga. Kari siguió a la muchacha. Salieron de la sala de deportes a un pasillo lateral, sumergido en la penumbra. Unas lucecitas tenues se encendían y apagaban rítmicamente en los indicadores de las vibraciones, produciendo la impresión de que las paredes de la nave luchaban contra el sueño que quería apoderarse de ellas. La muchacha dio unos pasos rápidos en silencio y quedó inmóvil. Una sombra de tristeza deslizóse tan furtiva por su semblante, que Kari no hubiera podido asegurar que había notado en ella algún síntoma de desmayo espiritual. Un sentimiento jamás experimentado le embargó dolorosamente. El mecánico asió de nuevo la mano de Taina.

— Vamos a la biblioteca. Dispongo de un par de horas libres hasta el relevo.

Ella se dirigió dócilmente hacia el centro de la nave.

La biblioteca se hallaba situada, como en todas las astronaves, detrás del puesto de mando. Kari y Taina abrieron la puerta hermética del tercer pasillo transversal y se acercaron a la escotilla elíptica de dos hojas que comunicaba con el pasillo central. En cuanto Kari hubo puesto el pie sobre una placa de bronce y las pesadas hojas de la escotilla se hubieron separado en silencio, los jóvenes oyeron un fuerte sonido vibrante. Taina oprimió con alegría los dedos de. Kari.



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