Estaba recogiendo con todo cuidado en el gorro su abundante cabellera negra, antes de saltar al agua. Tey Eron se le acercó, pisando suavemente el suelo de plástico. Púsose detrás de la muchacha y estiró su brazo fuerte y musculoso. Afra, balanceándose al compás de la tabla, se dejó caer sobre ese firme apoyo. Ambos, morenos, con la tez brillante como si fuera de metal, curtidos por el aire y el sol, quedaron inmóviles un segundo. Con un movimiento imperceptible, la joven flexionó aún más el cuerpo hacia atrás, dio una vuelta completa alrededor del brazo del hombre y ambos, enlazados como en un vals, saltaron al agua.

— ¡Él no se acuerda ya de nada! — cantó Taina Dan, tapando con las puntitas de sus calientes dedos los ojos del mecánico.

— ¿Acaso aquello no fue hermoso? — replicó Kari, y atrajo hacia sí a la muchacha para efectuar el primer paso de la danza y entrar con ella en la zona de los sonidos musicales.

Kari y Taina eran los mejores bailarines de la nave. Sólo ellos sabían entregarse tan de lleno a la melodía y al ritmo, olvidándose de todo lo demás. Cuando bailaba, Kari percibía únicamente el placer de los movimientos ligeros coordinados. Sobre su hombro descansaba la mano segura y delicada de la muchacha. Los ojos verdes de Taina habían adquirido una tonalidad más profunda.

— Usted y su nombre son una y la misma cosa — le susurró Kari—. Recuerdo que en una lengua antigua, « Taina » significaba algo misterioso y desconocido.

— Me alegra mucho — repuso muy seria la muchacha—. Siempre me ha parecido que los misterios han quedado únicamente en el Cosmos y que en nuestra Tierra no existen ya. La gente está exenta de ellos; todos somos sencillos y no tenemos nada de enigmático ni de reprobable.

— ¿Lo lamenta usted?

— A veces. Quisiera encontrarme con alguna persona como las que existieron en el remoto pasado; que tuviese que ocultar sus anhelos y sentimientos ante el medio ambiente hostil, defenderlos y hacerlos firmes, darles un temple inquebrantable.



15 из 78