
— ¡Él no se acuerda ya de nada! — cantó Taina Dan, tapando con las puntitas de sus calientes dedos los ojos del mecánico.
— ¿Acaso aquello no fue hermoso? — replicó Kari, y atrajo hacia sí a la muchacha para efectuar el primer paso de la danza y entrar con ella en la zona de los sonidos musicales.
Kari y Taina eran los mejores bailarines de la nave. Sólo ellos sabían entregarse tan de lleno a la melodía y al ritmo, olvidándose de todo lo demás. Cuando bailaba, Kari percibía únicamente el placer de los movimientos ligeros coordinados. Sobre su hombro descansaba la mano segura y delicada de la muchacha. Los ojos verdes de Taina habían adquirido una tonalidad más profunda.
— Usted y su nombre son una y la misma cosa — le susurró Kari—. Recuerdo que en una lengua antigua, « Taina » significaba algo misterioso y desconocido.
— Me alegra mucho — repuso muy seria la muchacha—. Siempre me ha parecido que los misterios han quedado únicamente en el Cosmos y que en nuestra Tierra no existen ya. La gente está exenta de ellos; todos somos sencillos y no tenemos nada de enigmático ni de reprobable.
— ¿Lo lamenta usted?
— A veces. Quisiera encontrarme con alguna persona como las que existieron en el remoto pasado; que tuviese que ocultar sus anhelos y sentimientos ante el medio ambiente hostil, defenderlos y hacerlos firmes, darles un temple inquebrantable.
