Pasaría poco tiempo, según las nociones de los astronautas, y en la sociedad humana harían su aparición Matusalenes milenarios. Los que tuvieran que marchar a otras galaxias, volverían a su planeta al cabo de millones de años. Y ése era el lado opuesto de los largos viajes extraterrenos, el pérfido obstáculo que la naturaleza había puesto ante sus insosegables hijos. Las nuevas astronaves iban tripuladas tan sólo por ocho personas. A estos exploradores de las infinitas profundidades del Universo y del futuro les estaba prohibido tener hijos durante los viajes.

Y aunque el Telurio era de menores dimensiones que sus predecesores, no por eso dejaba de ser una nave enorme en la que la tripulación, poco numerosa, habíase acomodado a sus anchas.

El despertar al cabo de un sueño prolongado provocó, como siempre, un aumento de las energías vitales. La tripulación de la astronave, formada en su mayoría por gente joven, pasaba sus ratos de ocio en el gimnasio.

Ideaban ejercicios dificilísimos, danzas fantásticas o, poniéndose cinturones estrafalarios y aros en los brazos y las piernas, realizaban trucos inauditos en el rincón antigravitacional de la sala. A los astronautas les gustaba nadar en una gran piscina con agua luminosa ionizada, que conservaba el admirable color azul del Mediterráneo, la cuna de los pueblos de la Tierra...

Kari Ram habíase desembarazado de su indumentaria de trabajo y corría ya hacia la piscina cuando una voz jovial le detuvo;

— Kari, ayúdeme. Sin usted, no me sale bien esta vuelta.

La química Taina Dan, muchacha de alta estatura vestida con una túnica corta de brillosa tela verde, que armonizaba con sus ojos, era la persona más joven y más alegre de la expedición. Al calmoso Kari le indignaba siempre el carácter impulsivo y brusco de la muchacha; pero, como amaba el baile no menos que Taina, bailarina innata, se acercó a ella con cara risueña.

A la izquierda, desde lo alto de un trampolín situado encima de la piscina, le saludaba Afra Devi, la bióloga de la astronave.



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