La astronave pulsacional había brindado, por fin, al género humano la oportunidad de estudiar de cerca la estrella de carbono y comprender la esencia de los procesos de transformación de la materia que en ella se operaban.

La tripulación de la astronave se despertó, y cada cual entregóse a las investigaciones por las cuales había muerto para la Tierra por un período de setecientos años. Ahora parecía que la nave marchaba a muy poca velocidad; pero no hacía falta acelerarla. La expedición debía estudiar con detenimiento una serie de procesos complejos, que los físicos de la Tierra no sabían explicarse aún.

La nave cósmica avanzaba, desviándose ligeramente hacia el sur de la estrella de carbono, a fin de proteger de sus radiaciones la pantalla del localizador. Su negro espejo permanecía totalmente oscuro durante semanas, meses y años. El Telurio o IF-1 (Z-685), como se le designaba en el registro de la Flota Cósmica de la Tierra (primer vehículo cósmico de campo invertido o el 685 de la lista general), no era tan voluminoso como las astronaves de largo alcance, cuya velocidad aproximábase a la de la luz y que habían precedido a las naves pulsacionales.

Aquellas gigantescas naves podían ir tripuladas hasta por doscientas personas y la sucesión de generaciones permitía penetrar muy profundamente en el espacio interestelar. Cada vez que una astronave de este tipo retornaba a la Tierra, aparecían en ella varias decenas de seres humanos venidos de otros tiempos: representantes del remoto pasado. Y aunque el sistema nervioso y el nivel de desarrollo de estos supervivientes del pretérito eran muy elevados, los nuevos tiempos les resultaban extraños, y a menudo la melancolía y la indiferencia apoderábanse de los viajeros cósmicos.

Las astronaves pulsacionales debían ahora llevar a los hombres más lejos aún.



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