El Telurio había salido de la cuarta pulsación. Y el astro misterioso, objeto del vuelo, había adquirido en las pantallas del lado derecho — el « boreal »— las dimensiones del Sol, visto desde Mercurio.

Una estrella gigantesca de la rara clase de las « oscuras », de carbono, era sometida a un estudio detallado. El Telurio volaba a una velocidad sublumínica y a una distancia menor de cuatro parsecs de la gigantesca estrella opaca KNT 8008, apenas visible desde la Tierra hasta observada con potentes telescopios. Esas estrellas — cuyo diámetro era 150 y hasta 170 veces mayor que el de nuestro Sol— se distinguían por tener mucho carbono en su atmósfera. A una temperatura de dos a tres mil grados, los átomos del carbono se unían para formar un tipo especial de moléculas, cadenas de tres átomos cada una. Semejante atmósfera retenía los rayos del sector violeta del espectro, y la luz del astro en comparación con la magnitud de éste, era muy tenue.

Pero los centros de los gigantes de carbono, cuya temperatura llegaba hasta a cien millones de grados, eran potentes generadores de neutrones y transformaban los elementos ligeros en pesados, e incluso en transuránicos, comprendidos el californio y el rusio, como se llamaba el más pesado de los elementos (su peso atómico era 401), creado cuatro siglos antes. Los hombres de ciencia consideraban que las estrellas de carbono eran, por así decirlo, fábricas de los elementos pesados del Universo; que dispersaban estos elementos por el espacio después de estallidos periódicos; que el enriquecimiento de la composición química general de nuestra Galaxia debíase precisamente a la acción de los oscuros gigantes de carbono.



12 из 78