
— ¡Muy bien! La segunda pulsación puede ser casi el triple de larga que la primera...
— ¡No, aquí hay un treinta por ciento de imprecisión! — Tey indicó el trozo final del eje negro, que vibraba de manera casi imperceptible al compás de las oscilaciones de las agujas que con él se hallaban relacionadas.
— El exponente de cincuenta y siete parsecs nos da plena certeza. Descontemos cinco, admitiendo la posibilidad de un error. Quedan cincuenta y dos. Preparen la pulsación.
Nuevamente examinaron los incontables mecanismos y medios de enlace de la nave. Mut Ang púsose en comunicación con los camarotes, donde se encontraban, sumidos en un largo sueño, los cinco miembros restantes de la tripulación del Telurio.
Los autómatas de observación fisiológica señalaban que el estado del organismo de los durmientes era normal. A continuación, el capitán conectó el campo protector de los locales habitados de la nave. Por las planchas opacas de la pared izquierda corrieron unos chorros de color rojo: los torrentes de gas de unos tubos escondidos detrás de ellas.
— ¿Es ya hora? — preguntó Tey Eron al capitán, frunciendo ligeramente el ceño.
Este asintió. Los tres tripulantes de guardia, sin decir palabra, se sumergieron en unos hondos butacones, sujetándose con unas almohadas de aire. Cuando el último corchete estuvo cerrado, cada cual extrajo del cajón del brazo izquierdo de la butaca una jeringa metálica preparada para su empleo.
— Bueno, pues... ¡por ciento cincuenta años más de vida terrena! — dijo Kari Ram clavándose la aguja en el brazo.
Mut Ang le miró fijamente. En los ojos de Ram brillaba una sonrisa algo burlona, propia de un hombre sano y plenamente equilibrado. Y cuando los compañeros, arrellanándose en los sillones y cerrando los ojos, quedaron sumidos en un estado de inconsciencia, el capitán movió unas palanquitas en una pequeña caja cerca de su rodilla. Silenciosa e inevitablemente, como el propio destino, bajaron del techo los macizos cascos. Un minuto antes, Mut Ang había puesto en acción los robots mecánicos que dirigían la pulsación y el campo protector. Encontrándose ya bajo el casco, el jefe leyó, a la tenue luz de una lamparilla azulada, los índices de los aparatos de control, y se clavó la aguja de la jeringa en el brazo...
