
— ¡A morir temporalmente para la Tierra! — exclamó el piloto.
El capitán del Telurio movió afirmativamente la cabeza.
— ¡Vaya a lavarse y a comer, que dentro de poco se efectuará la siguiente pulsación! ¿Por qué ha vuelto, Tey?
El segundo de a bordo se encogió de hombros.
— Tenía prisa por conocer la vía trazada por los aparatos. Estoy preparado para relevarle a usted.
Y sin más preámbulos, el astrofísico oprimió un botón en el centro del pupitre. Una tapa cóncava pulimentada separóse sin ruido, y una cinta metálica de argentado brillo, torcida en espiral, se alzó del fondo del aparato. La atravesaba un fino eje negro, que señalaba el rumbo de la nave. En la cinta refulgían, como piedras preciosas, unas lucecitas diminutas: estrellas de diversas clases espectrales, ante las cuales pasaba el Telurio. Las agujas de innúmeras esferas iniciaron una danza enloquecida. Eran las máquinas de calcular que nivelaban la recta de la pulsación siguiente de modo que pasase a la mayor distancia posible de los astros, nubes oscuras y nebulosas de gas luminiscente, que pudieran ocultar cuerpos celestes aún desconocidos.
Tey Eron, abismado en su labor, no se dio cuenta de cómo habían pasado algunas horas de silencio. La inmensa astronave continuaba su vuelo por la infinita negrura del espacio. Los compañeros del astrofísico se acomodaron en silencio en el fondo de un diván semicircular, cerca de una triple puerta maciza, que aislaba el puesto de mando de los demás compartimentos de la nave.
El alegre repicar de unas campanillas anunció el final de los cálculos. El capitán de la astronave se acercó lentamente al pupitre de mando.
