
Kari Ram, mecánico electrónico y piloto del vehículo cósmico Telurio, se volvió instantáneamente y encontróse con la mirada aún turbia del capitán.
Mut Ang hizo un gran esfuerzo para levantarse; luego suspiró aliviado y se paró ante el pupitre.
— Veinticuatro parsecs... Hemos pasado ante una estrella. Los aparatos nuevos son siempre inexactos... mejor dicho, no sabemos dominarlos... Quite la música. ¡Tey se ha despertado!
En el silencio repentino, Kari Ram no distinguió más que la respiración entrecortada de su compañero, que estaba saliendo del letargo.
El puesto central de mando semejaba una sala redonda bastante espaciosa, bien resguardada en el fondo de la gigantesca astronave. Una pantalla azulada extendíase a lo largo del local, formando un círculo completo más arriba de los tableros de los aparatos y de las puertas herméticamente cerradas. Delante, siguiendo el eje central de la nave, había en la pantalla un corte en el que se encontraba el disco del localizador, de transparencia cristalina, cuyo diámetro sería de casi la estatura de dos hombres. Aquel disco inmenso parecía fundirse con el espacio cósmico, y al reflejar las luces de los aparatos diríase que era un diamante negro.
Mut Ang hizo un movimiento imperceptible, y al instante los tres hombres, en el puesto de mando, hicieron casi el mismo ademán para proteger la vista. Un sol anaranjado, gigantesco, encendióse en el lado izquierdo de la pantalla. Apenas si se podía soportar aquella luz atenuada por potentes filtros. Mut Ang movió la cabeza y dijo:
— Por poco atravesamos la corona de una estrella. No volveré a marcar el rumbo exacto. Correremos mucho menos peligro si pasamos de lado.
— Eso es lo terrible de las astronaves pulsacionales — comentó Tey Eron, el ayudante del capitán y astrofísico jefe, desde el fondo de su butaca—. Nosotros hacemos los cálculos, y luego la nave vuela a ciegas, como un disparo hecho en la oscuridad. Nosotros, entretanto, estamos también muertos y ciegos dentro de los campos vortiginosos protectores. No me gusta este método de vuelo por el Cosmos, aunque sea el más veloz de cuantos haya podido inventar el hombre.
