— ¡Veinticuatro parsecs! — exclamó Mut Ang—. Que fueron para nosotros como un minuto...

— Un minuto de sueño mortal — replicó sombrío Tey Eron—. Pero en la Tierra...

— Es mejor no pensar que en la Tierra han pasado más de setenta y ocho años. Muchos de nuestros amigos y parientes habrán muerto ya, muchas cosas habrán cambiado... ¿Qué será cuando...?

— Eso es inevitable al realizar un viaje largo en una astronave de cualquier tipo — dijo sereno el capitán—. Sólo que, en el Telurio, el tiempo transcurre más de prisa para nosotros. Y aunque vayamos más lejos que nadie, volveremos siendo casi los mismos...

Tey Eron se acercó al calculador.

— Todo sucede con exactitud irreprochable — dijo al cabo de algunos minutos—. Es Cor Serpentis o, como la llamaban los antiguos astrónomos árabes, Unuc al Hai: El Corazón de la Serpiente.

— ¿Y dónde está su vecina más próxima? — preguntó Kari Ram.

— La oculta a nuestra vista la estrella principal. Fíjese, es el espectro K-cero — repuso Tey.

— ¡Descubran las pantallas de todos los receptores! — ordenó el capitán.

Rodeóles la negrura insondable del Cosmos. Parecía aún más profunda porque a la izquierda y atrás ardía, como un fuego áureo anaranjado el Corazón de la Serpiente. La Vía Láctea y demás astros palidecían ante ese resplandor. Solamente abajo refulgía con intensidad no menor una estrella blanca.

— Epsilon de la Serpiente está muy cerca de aquí — dijo Kari Ram. El joven astronauta quería que el jefe le elogiase. Pero Mut Ang miraba en silencio hacia la derecha, donde, con límpida luz blanca, se destacaba una estrella lejana, de gran magnitud.



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