
El Telurio, primera astronave pulsacional de la Tierra, había sido lanzado a un ancho pasillo del espacio, donde no existían acumulaciones estelares ni nubes oscuras. Ese tipo de astronaves, que circulaban por el espacio-cero debía llegar a profundidades mucho mayores de la Galaxia que las alcanzadas por las astronaves anteriores, las anamesónicas, las de propulsión nuclear, que volaban a velocidades iguales a cinco sextas o seis séptimas de la velocidad de la luz. Funcionando según el principio de la compresión del tiempo, las naves pulsacionales eran miles de veces más veloces. Pero, lo peligroso de ellas consistía en que, en el momento de la « pulsación », la astronave no podía ser dirigida. Los seres humanos eran capaces de resistir la pulsación tan sólo hallándose en un estado de pérdida del conocimiento, hundidos en un potente campo magnético. El Telurio avanzaba a saltos, por así decirlo, estudiando meticulosamente el camino, con objeto de comprobar si estaba libre para la pulsación subsiguiente.
La nave debía atravesar el espacio casi vacío de las altas latitudes de la Galaxia, junto a la Serpiente, para llegar a la constelación de Hércules, donde se hallaba una estrella de carbono.
El vehículo cósmico realizaba este extraordinario vuelo para que su tripulación estudiase, en la propia estrella de carbono, los enigmáticos procesos de transformación de la materia, muy importantes para la energética terrestre. Se sospechaba que dicha estrella estaba ligada a una nube oscura en forma de un disco electromagnético giratorio, vuelto de canto hacia la Tierra.
Los sabios esperaban ver, a una distancia relativamente corta del Sol, la repetición de la historia de la formación de nuestro sistema planetario. La « corta distancia » equivalía a ciento diez parsecs o trescientos cincuenta años de camino de un rayo de luz...
