
Kari Ram controló los aparatos protectores. Indicaban que todas las instalaciones automáticas de la nave se hallaban en perfecto estado. Hecho esto, el joven astronauta se puso a cavilar.
Lejos, muy lejos de allí, a una distancia de setenta y ocho años de luz, había quedado la Tierra, tan hermosa y tan bien acondicionada por los hombres para una vida espléndida y una inspirada labor de creación. En aquella sociedad sin clases, cada persona conocía todo el planeta. No sólo sus fábricas y minas, sus plantaciones e industrias pesqueras, sus centros de enseñanza y de investigación, sus museos y cotos, sino también sus gratos rinconcitos de descanso, soledad o aislamiento con el ser querido.
El hombre, insaciable de saber, había dejado aquel mundo de maravilla, para internarse más y más en los gélidos abismos del Universo, adquirir nuevos conocimientos y descifrar los enigmas de la naturaleza, cada vez más sumisa a él. El hombre iba alejándose, alejándose de la Luna, bañada por los mortíferos rayos X y ultravioleta del Sol; también se alejaba de Venus, tórrido y sin vida, con sus océanos de petróleo, su suelo pegajoso de alquitrán y su eterna niebla, y del frío Marte, cubierto de arenales, con una vida apenas latente en sus entrañas. Habíase empezado a estudiar a Júpiter cuando nuevos aparatos volantes llegaron a las estrellas más cercanas. Las astronaves terrenas visitaron Alfa y Próxima de Centauro, la estrella de Barnard, Sirio, Eta de Erídano y hasta Tau de la Ballena. Se entiende que no eran las propias estrellas sino sus planetas o los más próximos alrededores cuando se trataba de estrellas binarias, como Sirio, exentas de sistemas planetarios...
Pero las naves cósmicas de la Tierra no habían estado aún en planetas donde la vida hubiese llegado ya a su fase superior de desarrollo, donde habitaran seres racionales.
Ondas ultracortas de radio traían desde los lejanos abismos del Cosmos señales de mundos poblados; a veces llegaban a la Tierra miles de años después de ser emitidas.
