La humanidad, que no hacía sino aprender a leer esos mensajes, empezó a formarse una idea del vasto océano de conocimientos, la técnica y el arte que fluía entre los mundos poblados de nuestra Galaxia... Mundos aún inaccesibles. ¡Qué decir, pues, de otras galaxias o archipiélagos estelares, separados por distancias de millones de años de luz...! Pero eso no hacía sino avivar el deseo de llegar a planetas habitados por hombres que, aunque no se pareciesen a los terrenales, hubieran creado una sociedad sabia, bien desarrollada, donde cada cual tuviese su parte de felicidad, la mayor felicidad que puede corresponder al nivel alcanzado de dominio de la naturaleza. Por lo demás, se tenía noticia de que existía gente muy parecida a la nuestra, y, probablemente, en número mayor que la no parecida. ¡Las leyes de desarrollo de los sistemas planetarios y de la vida en ellos eran homogéneas, no sólo en nuestra Galaxia, sino también en la parte del Universo conocida por nosotros!

La astronave pulsacional, último triunfo del genio humano, brindaba la posibilidad de acudir a las llamadas de mundos lejanos. Si el vuelo del Telurio daba buen resultado, entonces... Pero este nuevo invento, como todo en la vida, tenía dos lados.

— Y aquí tienes el lado opuesto... — Kari Ram, en su ensimismamiento, no se dio cuenta de que había pronunciado en voz alta estas últimas palabras.

Inesperadamente, resonó a sus espaldas la agradable y potente voz de Mut Ang:


El lado opuesto del amor, que es, como el mar, profundo y grande, parecerá un estrecho corredor, que no se evita, ¡está en la sangre!

Kari Ram se estremeció.

— Yo no sabía que a usted también le gusta la música antigua — comentó, sonriente, el capitán de la astronave—. ¡Esta romanza tiene no menos de cinco siglos!



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