— ¡No me interesan ahora las canciones! — replicó el piloto—. Estaba pensando en esta astronave... y en qué siglo habríamos de volver...

El capitán se puso serio.

— No hemos efectuado más que la primera pulsación, y usted está pensando ya en la vuelta.

— ¡Oh, no! ¿Para qué hubiera pedido, si no, que me incluyesen en la tripulación? Me ha parecido que... En fin, como volveremos a la Tierra al cabo de setecientos años, y a pesar de la redoblada longevidad de los hombres, hasta los biznietos de nuestros hermanos habrán dejado ya de existir...

— ¿No lo sabía usted acaso?

— Sí, naturalmente — continuó, obstinado, Ram—. Pero se me ha ocurrido otra cosa.

— Comprendo. ¿La aparente inutilidad de nuestro vuelo?

— ¡Sí! Antes de haber sido inventado y construido el Telurio, salieron astronaves de cohetes corrientes en dirección a Fomalhaut, a Capella y Arcturo. La expedición de Fomalhaut ha de retornar dentro de dos años. Han pasado ya cincuenta. Pero las de Arcturo y Capella tardarán aún no menos de cuarenta o cincuenta años, pues estas estrellas se encuentran a distancias de doce y catorce parsecs. En cambio, ahora se construyen ya las naves pulsacionales que, en una pulsación, pueden llegar a Arcturo. Y esa distancia no es nada en comparación con la que hemos de cubrir nosotros. Mientras realicemos el vuelo, la gente habrá vencido definitivamente el tiempo, o el espacio, llámelo como quiera. Y entonces las astronaves terrenas irán mucho más lejos que la nuestra, y nosotros regresaremos con un bagaje de conocimientos anticuados e inservibles...

— Nos hemos ido de la Tierra como se van de la vida los muertos — dijo lentamente Mut Ang— , y volveremos retrasados en nuestro desarrollo y con reminiscencias del pasado.

— ¡Eso era lo que estaba pensando yo!

— Usted tiene razón, y al propio tiempo está profundamente equivocado. El acopio de conocimientos y experiencias, la exploración del insondable Universo deben ser constantes.



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